lunes, 30 de marzo de 2026

Tatuaje


 

Estaba decidida, saldría en el primer tren disponible y le haría responsable de todos los inconvenientes de sus acciones, diría todo lo que le había molestado la última vez que se encontraron, no quedaría con aquella angustia atragantada en su pecho, le tendría que decir cómo la hizo sentir, sabía que ella no le importaba pero sería la última vez que callaba para no molestarlo, para herirlo, no se preocupaba por lo que le causaba a ella, ¿por qué a ella sí? Sabía la respuesta perfectamente.

Subió al tren, iba pensando en todas las palabras que le iba a decir, ni se incomodaría en ahorrarlas, él no pensaba ni se preocupaba por ella, está vez sería diferente, no quedaría callada.

Bajó y cogió el metro, era un viaje dentro de otro viaje, y empezaba a cuestionarse, a sentirse nerviosa, agobiada por cómo se desencadenaría. Seguro que le diría que era ella la responsable de todo y que se lo buscaba sola. Llegó a la parada y continuaba la odisea. Miró a la carretera dónde tendría que coger el bus, miró a la entrada del metro con ganas de volver atrás sus pasos y respiró, ya había llegado hasta allí, tendría que seguir y vaciar su pecho con todas estas palabras incrustadas.

Recordó la primera vez que había ido allí, como la señora le ayudó y le dijo que la acompañaba hasta la parada del autobús, iba en aquella misma dirección, recordaba sus palabras exactas cuando le avisó que había llegado su parada: “buena suerte, espero que encuentres lo que estás buscando”. Por supuesto que encontró. Tatuó aquel día en el alma...

Caminó por aquel camino que le pareció diferente, vio el edificio y entró, empezó a subir las escaleras con todas las palabras ordenadas, con sus “que si eso, o que si aquello, o dijiste que…” bien resueltos.
Llegó delante de su puerta resuelta y cuando iba a llamar… vio que el nombre en la puerta no era el suyo. ¿Se equivocó? Hacía tanto tiempo. ¿Se olvidó? ¿O simplemente era la vida que no quería que coincidieran?

Salió corriendo escaleras abajo lo más rápido que pudo, en qué estaría pensando, hasta que en el último tramo le vio.

Él la miró sorprendido, y ella…

Despertó temblando, con el corazón acelerado, sintiendo las mariposas de aquel día.


Isabel Silva 

Este #relatosResponsabilidad participa en la convocatoria de marzo de @divagacionistas






lunes, 23 de febrero de 2026

Ojalá un día



La tarde se hacía larga, no conseguía concentrarme en nada, intentaba leer el libro que tenía delante, y volvía a leer siempre el mismo párrafo, encendí la tele, nada llamaba mi atención, había que salir a dar un paseo sin destino, salir de estas cuatro paredes.

Salí a la calle sin destino, sin programar, sin prisa por llegar y con rumbo desconocido, la intención era desconectar, dejar de pensar un rato, centrarme en los descubrimientos que depararía la tarde, una aventura para alguien a quien le gusta ir con rumbo fijo, con todo programado.

Caminé sin prisa, mirando los edificios históricos, entré en una iglesia, unas personas encantadoras contarán la historia de las tumbas, quiénes habían estado en ellas y a qué se dedicaban. Mi siguiente destino fue un parque precioso que aún no conocía, los pensamientos intrusos quisieron volver, pero como dijo Fromm tenemos que respirar y centrarnos en lo que estamos viendo, disfrutar el instante, sentirlo y salir del bucle, era una tarde de nuevas percepciones, disfrutar sin mirar el contador de pasos, la hora o maps.

Así seguía, cuando me entró hambre, hacía un buen rato que caminaba descubriendo cosas y empezaba a notar, pensé en volver a casa, pero oye era una tarde de novedades, ¿no? Me convencí, me senté en una terraza sola por primera vez, lo novedoso no era estar sola en un lugar, estaba acostumbrada, era sentarme en la terraza, prefiero estar dentro, pero era un día de hallazgos y no pensar.

Pedí un iced lavanda y croissant, azúcar a tope. ¡Qué no pienses! 
Me sentía relajada, miraba a la gente caminando, el cielo cambiando a anaranjado, la tarde era amena, cálida, distinta, ¿Es eso lo que se siente al no tener prisa? 
Estaba allí existiendo sin más cuando unas carcajadas en la mesa contigua me devolvieron a la realidad, era contagiante la alegría, entonces una de ellas dijo: gracias por llegar a mi vida. Hasta mi alma se sintió calentita, me sentí feliz por ellas que habían saciado este otro hambre que nos merodea, el hambre de encontrar a alguien que agradezca que llegues a su vida, saberse especial, apreciado, querido, valorado. Ese hambre de conexión.

Ojalá un día alguien os diga de forma genuina, mágica e inolvidable: gracias por llegar a mi vida…y alegre la tarde a una desconocida que quería vivir momentos novedosos y ganó un recuerdo memorable.

Isabel Silva 

Este #relatosHambre participa en la convocatoria de febrero de @divagacionistas

lunes, 26 de enero de 2026

Crece solo y sin cuidado


No era el Lobo, no estaba escondida entre los árboles siguiendo sus pasos, no estaba al acecho esperando que paseará por el camino hacia el bosque, no le esperaba en las noches, ni que la luna llena iluminará el sendero para verlo entre los árboles, no era la amenaza que él imaginaba, no corría en su búsqueda. 

Pero no estaba ella para juzgar la percepción de su realidad, era lo que él sentía de verdad, era eso lo que pensaba al tenerla cerca, era el Lobo de su historia, acercarse a ella le ponía en peligro. ¿Y cómo le iba a decir que no correría hacia sus brazos? Hasta el hilo empezaba a deshilachar, a romperse, ella… no era el Lobo.
Cuando ella sintió que sí lo era, se apartó, dejó su camino libre, ella amaba, anhelaba el tiempo que habían pasado juntos, el tiempo en que él le enviaba fotos de muñecos de nieve porque le gustaba, le calentaba el corazón. Anhela ese tiempo en que él decía que hablar con ella era fácil y que las horas volaban, estaban sostenidos por algo que no se atrevían a poner nombre, donde ella no era la villana de su historia.

Sentada a su lado miraba sus manos, las tenían tan bonitas, tan suaves, tan delicadas al tacto, le gustaba sentirlas. Miró los lunares que quería volver a unir con los suyos. Nervioso pasó la mano por su pelo, este que le gustaba alborotar, oía su voz, tan calmada, segura y pensó en sus palabras, las que le habían transformado en el Lobo de su historia, palabras que dolieron y reconfortaron a la vez, entendió que el amor perdura y sobrevive mismo que tenga escasos recursos para su desarrollo, como las flores que rompen el cemento y crecen en circunstancias adversas, así también es el amor, crece solo sin que el otro lo riegue, cuide o quiera cosechar sus flores. Crece solo, a la intemperie sin esperar que lo planten en un suelo fértil donde pueda florecer, crece solo como una semilla que recibió un poco de agua, un poco de luz y brotó ajena a las circunstancias, crece solo como una semilla en un algodón, crece solo y sin cuidado como una semilla soplada en el viento.

No era el Lobo… era una flor, una semilla que rompió el cemento y brotó, que quería florecer y ser cosechada.

Isabel Silva 

Este #relatosAmenaza participa en la convocatoria de enero de @divagacionistas