lunes, 26 de enero de 2026

Crece solo y sin cuidado


No era el Lobo, no estaba escondida entre los árboles siguiendo sus pasos, no estaba al acecho esperando que paseará por el camino hacia el bosque, no le esperaba en las noches, ni que la luna llena iluminará el sendero para verlo entre los árboles, no era la amenaza que él imaginaba, no corría en su búsqueda. 

Pero no estaba ella para juzgar la percepción de su realidad, era lo que él sentía de verdad, era eso lo que pensaba al tenerla cerca, era el Lobo de su historia, acercarse a ella le ponía en peligro. ¿Y cómo le iba a decir que no correría hacia sus brazos? Hasta el hilo empezaba a deshilachar, a romperse, ella… no era el Lobo.
Cuando ella sintió que sí lo era, se apartó, dejó su camino libre, ella amaba, anhelaba el tiempo que habían pasado juntos, el tiempo en que él le enviaba fotos de muñecos de nieve porque le gustaba, le calentaba el corazón. Anhela ese tiempo en que él decía que hablar con ella era fácil y que las horas volaban, estaban sostenidos por algo que no se atrevían a poner nombre, donde ella no era la villana de su historia.

Sentada a su lado miraba sus manos, las tenían tan bonitas, tan suaves, tan delicadas al tacto, le gustaba sentirlas. Miró los lunares que quería volver a unir con los suyos. Nervioso pasó la mano por su pelo, este que le gustaba alborotar, oía su voz, tan calmada, segura y pensó en sus palabras, las que le habían transformado en el Lobo de su historia, palabras que dolieron y reconfortaron a la vez, entendió que el amor perdura y sobrevive mismo que tenga escasos recursos para su desarrollo, como las flores que rompen el cemento y crecen en circunstancias adversas, así también es el amor, crece solo sin que el otro lo riegue, cuide o quiera cosechar sus flores. Crece solo, a la intemperie sin esperar que lo planten en un suelo fértil donde pueda florecer, crece solo como una semilla que recibió un poco de agua, un poco de luz y brotó ajena a las circunstancias, crece solo como una semilla en un algodón, crece solo y sin cuidado como una semilla soplada en el viento.

No era el Lobo… era una flor, una semilla que rompió el cemento y brotó, que quería florecer y ser cosechada.

Isabel Silva 

Este #relatosAmenaza participa en la convocatoria de enero de @divagacionistas



lunes, 29 de septiembre de 2025

Ahora te tienes que salvar…


Había sentido la fuerza de la ola que zarandeaba su barco de un lado a otro, sabía que iba a naufragar, esperaba el golpe final que la lanzaría lejos de la seguridad de la embarcación.

Tenía prisa por poner a salvo su tesoro y empezó una lucha frenética contra el agua, la pondría a salvo y luego ya pensaría.

Luchaba con el timón para mantener el rumbo, sorteaba los golpes enfurecidos del mar, se agarraba a una única esperanza, salir ilesas de las aguas enfurecidas y encontrar un lugar seguro donde estuvieran a salvo.
Las olas desafiantes golpeaban sin perdón, enderezo el barco con sus últimas fuerzas, ya no podía más, miro lo único que le importaba, la abrazo y espero el golpe inevitable.

Despertó en una isla, vió su tesoro a salvo, con algunas magulladuras, pero ilesa. Respiro muy profundo buscando el aire, le dolía el pecho, la había salvado y ya nada importaba.

Los restos del barco estaban esparcidos por la playa, algunos a la deriva en el mar se mecían en las olas ahora tranquilas. Recogió un trozo de madera, luego otro, respiro profundamente y se dijo que no salvaría nada más, todo lo perdido se quedaría allí, no tenía energía, ni ganas, no le apetecía volver a empezar, estaba cansada, todo lo valioso que poseía descansaba indeme en aquella playa, libre de peligro.

Sintió que iba tan a la deriva cuanto los restos de la embarcación azotada, con partes rotas y sin voluntad de recomponerse, dejaría que las olas fueran a su ritmo, solo por un rato.
No salvaría nada más.

Estaba tan cansada, hizo el recogido de vuelta y se tumbó en la arena, despertó horas más tarde rodeada por piezas desperdigadas traídas por el mar, entre ellas el timón. 

Suspiro, cerró los ojos y pensó: ahora te tienes que salvar…

No, no quiero salvarme, quiero quedarme aquí y ser arrastrada por el mar. Ir a la deriva por un tiempo.


Isabel Silva

Este #relatosNaufragios participa en la convocatoria de septiembre de @divagacionistas

lunes, 28 de julio de 2025

Ese lenguaje secreto...



Caminaban por la orilla en silencio, oyendo el borboteo de la espuma del mar al tocar sus pies, y cuando les tocaban se miraban con complicidad y sonreían.
Sus miradas cargadas de amor ardían como el sol de verano, hablaban sin decirse nada, en ese lenguaje secreto de los enamorados que nadie más entiende.

Paseaban ajenos a todo, eran ellos y solo ellos en aquel lugar que habían hecho suyo a cada temporada de julio, sabían a(mar), a salitre de las salpicaduras del agua en sus pieles tostadas por el sol, alejados de la monótona y cotidiana realidad de la ciudad llena de bullicio, gritos al volante, atascos interminables, autobuses que tardaban un siglo en llegar. Allí estaban ellos y el mar que les unía.

Sentaban en la orilla a ver como la resaca espumosa de las olas les alcanzaban, a veces muy perezosa o desatadas, les arrastraban de donde estaban mar adentro, ellos sonreían, volvían corriendo al lugar donde estaban, a besarse las gotitas saladas en el otro, sabían a(mar), a sol, a arena, a protector solar, a verano.

El mar les recordaba que la felicidad eran ellos juntos en cualquier lugar, en la ciudad agobiados, en las tareas cotidianas, en los besos de buenas noches, en el silencio de una lectura, en un abrazo que era refugio, en un paseo a la orilla del mar y en la realidad de la vida.

Descubrieron jugando con la espuma, dibujando sus iniciales en la arena el sentido real de a(mar), eran ellos hablando un lenguaje secreto que nadie más conocía. 


Isabel Silva 

Este #relatosEspuma participa en la convocatoria de julio de @divagacionistas

 

lunes, 30 de junio de 2025

Volvía a estar en paz




Hacía casi un año que se había reconciliado consigo misma, llevaba años con esta lucha interior que la molestaba, que se decía que lo que sentía no estaba bien, que por ello era una persona fea.

En este conflicto era difícil encontrar un punto común, era ella contra ella misma, como el ángel del bien y el mal peleándose, cada cual queriendo tener razón. Ella con sus valores y principios, sufriendo por algo que le hacía bien, que era bueno para ella, que ayudaba a que siguiera adelante, le hacía sonreír, y que era complicado y difícil, sabía que surgirían problemas, sabía que no era una transgresión, era una buena persona, pero le costaba aceptar salir de sus convicciones, de lo dictado como cierto o errado. Estaba en un conflicto constante. 

Necesitaba hacer las paces consigo misma, era un conflicto inútil, desgastante. ¿Cómo sería posible ignorar a sí misma? Si fuera una persona querida en la misma situación le diría palabras agradables, que a veces los sentimientos nacen y que no puede hacerse daño con pensamientos dolorosos, que viva la historia se puede. ¿Por qué no si decía lo mismo?

Casi un año… 

Aceptó sentir, aceptó sus debilidades, aceptó que no quería hacer daño a nadie.

Aceptó que un día encontró la otra punta de su hilo rojo, se enredó en él, luchó para rechazarlo, cuánto más rechazaba más sentía. En el proceso de ignorar, sentir y rechazarse se rompió, consiguió recomponerse, volvió a romperse otras muchas veces enredada en un hilo que seguía protegiendo, hasta que aceptó sentir y se reconcilió con ella y sus miedos, entonces aflojó el nudo del hilo para que se liberará de ella, mismo que estuvieron hilados por siempre, soltó…

Entendió que la vida no siempre es un camino cierto donde cumplir a ciegas todas las señalizaciones, encuentras algunos desvíos, bellas montañas, desiertos donde quieres caminar en busca de un oasis, un océano inmenso dónde sentir las olas, un atardecer anaranjado y un cielo estrellado con una luna deslumbrante que te invitan a vivir algo nuevo.

Entendió y se dió permiso para atender su conflicto personal, dejó de enfrentarse consigo misma, se permitió sentir, cerrar las heridas de esta lucha desgastante y polémica, y el dolor cesó. Volvía a estar en paz y bien consigo misma.


Isabel Silva 

Este #relatosConflicto participa en la convocatoria de junio de @divagacionistas


lunes, 26 de mayo de 2025

Al borde del precipicio


Miraba fijamente la pantalla del portátil, delante tenía por tercera vez el email abierto.

Miraba la hoja en blanco que ansiaba sus letras, sus palabras, sus emociones. 
Quería escribirle, llenarlo todo con palabras diciendo que quería dar pasos atrás y volver a la casilla de inicio, quería volver a intentarlo. 

Volvió a acariciar las letras en el teclado, sabía que se escribía la primera, todas las demás saldría a borbotones, con trocitos de su alma en cada una de ellas.

Aquel punto parpadeante era un acantilado, estaba allí esperando a que saltará de una gran altura, confiando que esa vez su desasosiego fuera suficiente para dar el paso decisivo y lanzarse a colmar los espacios vacíos con su verdad y melancolía. 
Para ella había sido real, todo aquello le había pasado de verdad y aún sentía. ¿Qué tenía aún por decir que no le hubiera dicho? Lo único que no quiso decir esta vez. No quiero, no quiero que me dejes otra vez. Quiero que te quedes, quiero construir un tú y yo desordenado y ordenando, conociendo cada rincón nuestro, rompiendo la perfección, siendo imperfectos.  

El abismo parpadeaba delante de sus ojos, invitando a dar el paso, a sumergirse en sus aguas dudosas, a nadar hasta quedar sin fuerzas, a ir contramarea sin saber que encontraría en el destino. Un riesgo.

Deslizó los dedos por el teclado suavemente y dió a la pestaña de cerrar.

Amar también es dejar al otro libre de ti, y de un amor que no necesita. 
Si él la amaba sabía como encontrarla, encontraría el camino y las palabras que tendría que decir, entendería que sí es el hombre que ella merece. Entonces los dos saltamos al abismo y nadamos juntos hasta nuestra isla en medio del mar.
Por ahora, seguiría siendo un espacio libre de ella, como él quería, como él pidió. 

Apagó el portátil. No dejas de amar porque no te elige. Aprendes poco a poco a vivir con la ausencia. A sobrevivir al silencio. 

Isabel Silva 

Este #relatosAcantilados participa en la convocatoria de mayo/abril de @divagacionistas


lunes, 28 de abril de 2025

Azul, sobre azul y más azul


Un paso y todo habría acabado.

Respiró muy profundamente, el aire era frío y cortante, miro la intensidad del mar, escuchó el llamado de las olas, las aguas agitadas golpeaban el acantilado con fuerza, así mismo era un dulce cantar, triste y acogedor, invitaba a olvidar.

Miró aquellos colores entremezclados, azul, sobre azul y más azul. Un recuerdo, luego un suspiro, ya no había a dónde regresar, no volvería sobre sus pasos, no había otra oportunidad, ni palabras, había agotado todas y cada una de ellas, solo el silencio. 
Quiso escribir, miró el papel en blanco, las palabras no salían, se negaban a implorar, a suspirar, a despedirse otra vez, estaba decidida a poner fin a todo, a recomenzar.

En cuanto subía pensaba en si aquello era la mejor decisión, si debería quedarse un poco más, si debería insistir, si no sería buscar el camino fácil, ¿sería cobarde? ¿Realmente era la solución más fácil? Miró el cielo azul, sobre azul y más azul. El sabor a salitre en su boca, el olor inconfundible del mar que la llenaba de paz, había sido intrépida, valiente, temerosa, soñadora, indecisa, apasionada, había amado y había perdido.

Un paso y todo habría acabado. 
Saltó. Sintió el agua helada en la piel, como finas aguas.
El agua la envolvía a borbotones, apresurada por llenar todos los espacios que eran suyos, intentó respirar, se agitó, ya no había vuelta atrás. 

Tranquila, le susurro el mar con voz acogedora, estás en casa.

Dejó que las olas la envolvieran, dejó de resistir, respiró por última vez, dejó que el agua llenará sus pulmones, allí ya no tenía nada, estaba cansada de luchar, sin voz, sin fuerzas, sin valentía…

Experimentó una sensación familiar, la recogía por todo el cuerpo, transformando su piel, cambiando el aire por agua, la piel por escamas, el pulmón por branquias, los pies por aletas. No era la solución más fácil, era difícil dejarlo todo, necesitaba empezar después de construir frágiles castillos en la arena.

Oteo el océano, se sumergió en el agua, volvía a casa, allí era dueña y señora de su reino, su mundo, su lugar, su castillo fortificado bajo el mar y seguro. 

Arriba en el acantilado quedaron unas zapatillas negras algo gastadas y en el océano se alejaba una preciosa cola azul de Sirena, en un mar azul, sobre azul y más azul, que feliz le decía: bienvenida a casa pequeña.

Isabel Silva 

Este #relatosAcantilados participa en la convocatoria de abril de @divagacionistas

lunes, 31 de marzo de 2025

Siempre que llovía...


Le gustaba la lluvia, le gustaba andar bajo la lluvia, detestaba los paraguas, tampoco servían de mucho, eran un estorbo, prefería la lluvia, y siempre que llovía recordaba aquel poema de García Márquez, sobre la lluvia. “Llueve. Y estoy pensando en ti. Y estoy soñando”. 

Acostada en la cama, oía el golpeteo de la lluvia en la ventana cerrada, era tan tranquilizador el sonido. Levantó y fue a mirar las gotitas en el cristal, tenía varias formas distintas, deslizaban y se unían unas con otras. Miro al cielo con sus nubarrones, luego a la calle y vio a una chica corriendo para no mojarse, una pareja apretada, protegidos en el paraguas y una señora sin paraguas con pasos apresurados. 

“Nadie vendrá esta tarde
a mi dolor cerrado. Nadie”.
Recordó otro trocito del poema de García Márquez.

Volvió a observar las gotas de lluvia. Una ballena, una máscara de la peste, un murciélago, un tiburón, un fénix volando… parecían hechas de plata.

“Solo tu ausencia
que me duele en las horas.” 
Siempre estes versos de García Márquez, pensó.

La lluvia, el poema, las gotas en el cristal… la transportó a una tarde de invierno, a un temporal que la mojó entera, a una conversación amena, a unas risas cómplices, a una sensación conocida de bienestar y tranquilidad. Sonrió.

“Mañana tu presencia regresará en la rosa”.
Siempre que llovía esta estrofa del poema de García Márquez le removía algo por dentro, despertaba el amor, su amor de por siempre jamás, su amor de por siempre y para siempre, el único amor que quería y merecía, su amor… 

Cerró la ventana, se acostó con el sonido de la lluvia y sonó.
 

Isabel Silva 

Este #relatosLluvia participa en la convocatoria de marzo de @divagacionistas